Carta

Estimado señor Peterson:

Mientras disfruto de unos minutos de calma antes de partir, aprovecho para dirigirme a usted. Es altamente probable que no me recuerde, pero yo todavía noto la brisa templada de aquel día de agosto, todavía siento el tacto de la silla en aquella terraza de Vigo, aún resuena su risa en mi cabeza. La gente dejó de hablar y le escuchó gritar “¡menuda sarta de estupideces!”. Después se marchó dejando a un joven estudiante de económicas con una cerveza ya caliente a medio terminar, un considerable rubor en la cara y un enorme puñal en el corazón.

Era entonces mi última esperanza y había movido cielo y tierra para poder ponerme en contacto con su persona. No, no esperaba que abrazase mi hipótesis como dogma de fe, como si se tratase de una epifanía cercana a la teoría del Todo, pero un autor de su reputación que, en apariencia, enfrentaba a toda la comunidad científica con cada uno de sus planteamientos, no debería haber tratado de esa manera a una persona que proponía algo que, por otra parte, usted mismo ya había postulado. Le quise mostrar el camino y la manera de controlarlo, me trató como un loco.

Tuve que luchar mucho y trepar escarpadas colinas sociales para, poco a poco, conseguir cuotas de poder e influencia como para entrar en una reserva natural de esa categoría.

Cuando reciba esta carta estaré a punto de probar que no eran estupideces. La humanidad entera despertará a un nuevo mundo. Los Golems y los Nefelim saldrán de las Cíes y reclamarán su mundo, el Armagedón se desatará, el séptimo sello estallará en mil pedazos y yo seré el nuevo Mesías que guíe a la humanidad, a los fieles, a la mayoría a un futuro próspero, a hombros de gigantes.

 A usted no, por gilipollas.


Atentamente: A. Caballero.


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