Viejos conocidos

Me había visto en otras más complicadas. Secuestros que salen mal, robos que acaban con muertos, blanqueo hecho por chivatos y, de todas, salí indemne. He estado atrapado en muchos y diferentes lugares: prisiones en la India, cuevas en Afganistán…

El caso es que me he hecho viejo y ya no tengo el cuerpo para grandes trabajos. He dejado las misiones suicidas y las he substituido por charlas de café y bailes de salón. En uno de esos bailes conocí a Rebeca y en una de esas charlas nos enamoramos. Me retiré del todo.

Ahora estoy retenido en una sala de un aeropuerto de tercera. Un perro me olió la maleta y un señor uniformado me ha acompañado y me ha solicitado muy amablemente que me sentase en el lugar que estoy ahora. Llevo al menos una hora. En este tiempo me han abierto la maleta y he comprobado que efectivamente me habían metido coca, como a un puto principiante. Me fijé en la cara de aquellos policías y pensé a cuantos tendrían en nómina. Me han buscado en todos los rincones de mi cuerpo, pero a eso ya estoy acostumbrado. Finalmente vino a hablar conmigo el jefe de todos aquellos pollos. Me parece que somos de la misma quinta, además, me resulta familiar su cara, pero no acabo de ubicarlo.

Estoy bastante jodido, no creo que pueda escaparme. La puerta está bloqueada y vigilada y aunque consiguiese salir, tendría que correr y hace mil cervezas y hamburguesas que no corro. Ha vuelto a venir el jefe, ¿de qué cojones me suena? Me ha preguntado si tengo un abogado y entonces me ha venido a la cabeza una imagen bien clara de Peter, mi abogado, aficionado a “experimentar” en el sexo, pidiéndome el teléfono de aquella Dominatrix tan exótica. Mi mente se puso a trabajar a marchas forzadas. Tengo comprobado que funciona mejor cuando las cosas parecen peores. Otra imagen me asaltó, estaba en el despacho de un tipo de Paris que quería joderme hasta que le enseñé unas fotos de él y unas niñas compañeras de su hija y decidió hacerse mi amigo…

- ¡Oh, vaya!

- ¿Qué le ocurre?

-Me acabo de acordar de algo

-Bueno, su abogado estará al caer y yo no tengo nada más que hacer aquí.

La cara del madero estaba más blanca que cuando entró. Me jugaría mi cabeza a que ahora mismo tiene las manos heladas. ¡Este también se acuerda de mí!


-Sí, creo que sí que le queda algo que hacer aquí. A ver si usted puede ayudarme. Tengo la memoria un poco afectada, ya sabe, no llevo una vida ejemplar. No tan ejemplar al menos como aquel poli que condecoraron por desactivar a un grupito de anarquistas y que vino a celebrarlo a una preciosa casa donde había todo lo necesario para que un tipo recto se lo pase bien. Incluidos animales.


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