Soledad

Hubo un momento en el que no pude más. Las fiestas me aburrían, el dinero me pesaba demasiado, la fama era insoportable. Dejé a mi único amigo la gestión de mis negocios y decidí aislarme, literalmente. Me compré una isla en Japón. Isla Urume, se llama. No tardé en instalarme. Me hice construir una casa al estilo del país y arreglé el asunto de los víveres, un barco vendría una vez cada quince días y me abastecería de todo lo necesario. Al principio había pensado que me quedaría allí unas semanas, pero casi sin darme cuenta ya llevaba seis meses cuando empezaron a ocurrir cosas extrañas.

Antes de ir a vivir allí me había asegurado que nadie más habitaba el lugar. No quería tener problemas de ningún tipo y sobretodo problemas de inquilinos no deseados. Las autoridades me aseguraron que allí no estaría más que yo. Me fio mucho de los japoneses, son meticulosos siempre. Pero desde el lunes pasado he notado cosas que no puedo explicar si no hay alguien más conmigo aquí. No estoy muy preocupado, no parece hostil.

 El lunes por la mañana, cuando me levanté y fui a darme mi primer baño del día antes del desayuno, me encontré un ramillete de plantas, que yo no conozco, en la mesa del exterior. El martes a la noche decidí dar un paseo, me llevé una linterna por si acaso y en el primer tramo de playa vi unas huellas de pies que la marea empezaba a borrar. El miércoles, esta vez al mediodía, cerca del pequeño lago, alguien había usado la barca y la había empotrado contra el muelle… Se me ha ocurrido una idea para salir de dudas, si sale bien, conoceré a mi visitante. He fabricado e instalado trampas no letales para “cazar” al extraño. Estoy algo nervioso por conocer de una vez a este vecino y a la vez me siento otra vez activo, con ganas. No sé si lograré dormir bien esta noche.


Vale, me he despertado absolutamente agarrotado y no han sido los nervios. He pasado la noche colgado de una rama del árbol más alto de la isla y he descubierto dos cosas muy importantes que aplicaré si sobrevivo los dos días que tardará en llegar el barco: tengo que recuperar mi vida y tal vez visitar a un psicólogo para ver si me puede ayudar con mi recién descubierto sonambulismo.

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