Leo

Si pudiésemos meternos en la habitación de un tipo corriente un martes a las tres de la mañana, probablemente lo encontraríamos durmiendo, con todo a medio hacer en casa y teniendo sueños simples, nada sofisticados. Que si vas desnudo al trabajo, que si te caes por un barranco y cuando vas a morir te despiertas o te persigue un zombie/vampiro/cuñado y por mucho que corres no hay manera de escaparse. Pero eso no le ocurre a un elegido por los dioses que deciden, jugarse a una carta, el destino de toda la especie humana. El elegido, en este caso, soñaba ajeno a su destino con una llama portada en una antorcha que descendía de un monte del cual, no se alcanzaba a ver la cima. Quien quiera que fuese el que bajaba por la ladera, se parecía confusamente a varias personas a la vez. Aunque al principio lo identificó como José Coronado, después de pasar por Chiquito de la Calzada, Bertín Osborne y Chanquete, se convirtió, con total claridad, en su abuelo. Este, con el rostro desencajado, le ofreció la antorcha y le dijo “Es tu deber”. Y claro, ahí se despertó porque seguir soñando y que aquel sueño acabase en una fantasía sexual, pues no procedía.

Leo, que así se llamaba el elegido, tuvo un problema desde el principio: no captaba muy bien las señales. Nunca quiso darle importancia a la marca con forma de circulo concéntrico en el pecho, un antojo peculiar sin duda. No recordaba a la bruja que se le cruzó y le dijo que su destino estaba vinculado al fuego sagrado “¡Oh, sucesor de Prometeo!” y por supuesto cuando estaba de viaje, en el avión observó por la ventanilla a un caballo alado y blanco sobre el cual galopaba los vientos una joven de buen ver que le mostraba un cartel que decía que él era el elegido; lo achacó al jet lag.
La situación se puso tan complicada que, lo que iba a ser una aparición espectacular de alguno de los dioses ayudándole con algún cachivache útil para su gesta, la cual devolvería el antiguo esplendor al olimpo al tiempo que salvaría a la humanidad; se tuvo que adelantar y el único dios en cuestión disponible en aquel momento era el propio Zeus, ¡cosas de la agenda! 

Había orquestado una serie de sutiles casualidades para que Leo se fuese a sentar en un banco del parque del centro de la ciudad, pero, a pesar de que sí llegó al parque, no parecía dispuesto a sentarse en aquel banco.

- ¡Maldito libre albedrio!

Leo se paró al escuchar eso y pudo ver quien lo había dicho, le recordó a Papá Noel o al típico borracho que se disfraza de Papa Noel en Nueva York.

- ¡Hey, muchacho!, ¿tienes hora?

Zeus aprovechó la coyuntura y se levantó para acercarse a él.

- Sí, son las siete menos cuarto.

- Pues esta es tu hora, muchacho, a partir de aquí tu vida ya no volverá a ser la misma.

- Desde luego que, no lo será, si llego otra vez tarde a casa y al paso que voy, no llego. Fíjese que yo vivo en la otra punta de la ciudad, pero parece que todo estaba empeñado en que viniese aquí.

- ¡Y ahora estás hablando conmigo! No es casualidad.

Zeus cambió el tono de la frase después del punto y tomo aire para insuflar en su discurso la pasión que le caracterizaba, pero el teléfono móvil de Leo sonó con violencia. Leo hizo un gesto de disculpa 
con la mano y contestó la llamada mientras con la otra parecía estar buscando algo en sus bolsillos. 

- ¡Monedas, me ha entregado unas monedas!

De repente a Zeus le pesaron los años, ya no estaba para esos trotes. La verdad es que, en el fondo el problema, era de Prometeo, era su hijo, que se apañase él. 

- Mmmm aunque ahora que lo pienso a Prometeo lo tengo un poco ocupado con lo del pajarraco y las cadenas. ¿Y qué es lo peor que puede pasar? ¿El apocalipsis? Al final nunca es para tanto.

Cuando se disponía a retirarse al Olimpo se le acercó un tipo muy arreglado acompañado de otro tipo muy arreglado. El más bajo de los dos le entregó un papelito y le dijo:

- Conoce la verdad hermano, tu eres el elegido.

Tras una pequeña explosión de fuego flotante, alguna chispa que otra y un montón de trozos del papelito apagándose a medida que caían al suelo, se escuchó una voz que salía de todas partes y tronaba como el rugido de mil leones que dijo:

- ¡A la mierda!

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