Persecución

Llovía como si nunca lo hubiese hecho. Las alcantarillas regurgitaban agua y sólidos y la riada que se había formado calle abajo era bastante difícil de atravesar, sobre todo, si tu motivación para hacerlo no era lo suficientemente fuerte. En el caso de Camilo lo era y mucho. Un hombre grande de camisa blanca y pantalón gris, que llevaba puestas unas gafas de sol, lo perseguía desde que salió de la cafetería. Se planteó varias hipótesis. Pensó en el cobrador del frac, pero ya conocía a unos cuantos y suelen ser más escandalosos. ¿Sería un detective? Igual por lo de la baja, aunque eso no lo había fingido. Cuando le daba la hernia lo jodía bastante. ¿Lo habría contratado su mujer?, pues no lo creía, porque ella se veía con un negro desde hacía dos meses y a él no le importaba, ya que lo había contratado para no aguantarla. Él ya iba mayor y ella quería siempre guerra y eso no es sano.

El agua le llegaba por la rodilla. Sentía como en cualquier momento podría resbalar e irse calle abajo y parar sabe dios donde. “¿Me querrá secuestrar el hijo puta?” Camilo palpó la gabardina y comprobó que su beretta seguía en su lugar, “¡Se va a enterar!” Cruzó al fin y dobló una esquina echándole un vistazo a aquel gigante. Este ya estaba en mitad de la riada y pisaba con mucha más firmeza que él. Camilo sabía que no iba a llegar lejos. Desenfundó su arma y lo esperó hasta que finalmente apareció. De cerca impresionaba mucho más. Camilo se movió rápido y le puso la pistola en el pecho y para ello tuvo que levantar el brazo por encima del nivel del hombro.

-¡Qué quieres, hijo de la gran puta!

El gigante no respondió, pero sí que hizo el gesto de llevarse la mano a la cintura desgraciadamente para él.

Tres tiros sonaron, tapando por un momento el estruendo de la lluvia que aquella borrasca había traído y el gigante cayó al suelo. Mientras brotaba la sangre de los agujeros de bala y de su boca, mientras se moría, sacó de su bolsillo un teléfono móvil

-¡Joder grandullón!, ¿pero no podías haber hablado, gilipollas?

Camilo lo miró con cierta tristeza y se agachó a rebuscar en la cartera del ya fallecido y a coger el teléfono que resultó ser el suyo, el mismo que se había dejado en la cafetería y que aquel pobre diablo, sordo mudo, trató de devolverle.

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