La última decisión

El doctor llevaba al menos veinte minutos de retraso. En la sala de espera el ambiente era agradable gracias al climatizador y Eva estaba mucho mejor allí que bajo el abrazo de un agosto de temperaturas apocalípticas. El hilo musical transmitía la calma del Claro de Luna de Beethoven, pero ella tenía puesta toda su atención en la pantalla de su IPhone. Tardó un rato en darse cuenta de que había entrado alguien más allí. De pronto tenía a dos personas sentadas, una a cada lado. Le sobrevino cierta sensación de vértigo acompañado de la irrupción de dos perfumes. Echó un vistazo por el rabillo del ojo. A su izquierda un hombre grande, de unos cincuenta, vestido con un traje gris cruzaba sus piernas y sus brazos y parecía estar mirando la pared de enfrente. A la derecha una chica, no pasaba de los veinte, vestía una falda verde hasta los pies y una camiseta blanca con algún mensaje que no pudo distinguir. Se habían sentado dejando, los dos, un asiento por el medio. Eva intentó concentrarse de nuevo en su teléfono, pero le resultó imposible. Notaba como la miraban. Se giró hacia el hombre y, para su sorpresa, no sólo la miraba, sino que también le había extendido su mano y completaba el gesto con una amplia sonrisa.

- Buenos días. Perdona por no saludar, debes pensar que soy un maleducado.
- Buenos días. Discúlpeme usted. Estaba tan concentrada en el teléfono que ni siquiera me di cuenta de que habían entrado.

Se giró a la chica para decirle hola, pero la chica miraba al techo. Estaba escuchando música en unos cascos y no parecía importarle lo que pasaba alrededor.

- No me trates de usted que no soy tan mayor y ¿me vas a dar la mano o me vas a dejar así, como un pasmarote?
- ¡Ah! Disculpa.

El apretón de manos fue firme, Eva no pudo evitar una sensación de inferioridad que trató de disimular poniéndose más erguida. 

- ¿Cómo te llamas?
- Eva Martínez ¿y tú?

De repente notó una mano en el hombro y se volvió hacia la chica. Ésta la miraba muy seria.

- Perdona Eva, no tenemos tiempo para jueguecitos. Aquí y ahora tienes que tomar una decisión. Nos estamos jugando mucho ¿entiendes?
- Nnn-o, no. Mucho no la verdad
- Claro, como vas a entender. Este señor y yo llevamos, digamos, un tiempo… con una apuesta. 

El hombre se puso de pie y se acercó a un cuadro que mostraba a un fauno en mitad de un bosque. Eva se percató entonces de la verdadera altura del hombre. ¡Casi tocaba el techo!

- Eva por favor, deja de mirarlo y préstame atención
- Es muy alto…
- Eva, mírame a los ojos. De ti depende el futuro de tu especie
- ¿Qué?

Eva recibía imágenes extrañas sobre nebulosas y estrellas remotas mientras nadaba en los ojos verdes de aquella desconocida que, a ratos, parecían negros como una fosa submarina. De alguna manera percibió que aquello era cierto y entonces la habitación se desvaneció.
Cuando volvió en sí el doctor la abanicaba. Notó el tacto familiar del diván de la consulta.

- ¿Estás bien, Eva? Creo que te ha dado una lipotimia por el calor. Hoy se nos ha estropeado el climatizador de la sala.
-Estoy bien, estoy bien…

Esa tarde, en el camino de regreso a su casa se dio cuenta de que no había vuelto a ver su IPhone desde el brote psicótico. No había sido el calor, ni su “problema”. En su teléfono habían pasado un par de cosas; el Tinder estaba abierto y se había bloqueado en una fotografía de un tal Adam Soler y había 
recibido un sms que decía lo siguiente:

“Gracias por haber elegido bien, nos vemos en el paraíso”

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