La silla

Pedro miraba atentamente a su papá mientras este trabajaba. No era algo muy entretenido, pero como había un tecnología de por medio, le despertaba su curiosidad. Desde muy pequeño había mostrado verdadera querencia por todo lo tecnológico, por todas esas cosas que su papá traía a casa. Sus aparatos preferidos eran dos: ese con el que podía ver a través de las paredes y el bolígrafo que proyectaba, en holograma, imágenes de señores, en pequeñito, hablando en idiomas que Pedro no entendía. Esos los cogía de vez en cuando y su padre fingía no enterarse, pero le tenía terminantemente prohibido acercarse a la “silla de papá”.

Su padre se levantó súbitamente, buscó la mirada de Pedro y se encontró con dos ojos enormes, verdes, de largas pestañas y que expresaban cierta inquietud.

- Pedro, vuelvo ahora. Ya sabes

- Sí, papá.

Pedro tenía planeado conectarse en el salón para charlar con su abuela y cuando pasó por detrás de la silla de su padre, se dio cuenta de que estaba activa. Siempre la dejaba apagada al salir, pero, al parecer, se había olvidado. No, no debería acercarse a comprobar en que trabajaba su papá. No, no era buena idea sentarse y enchufarse. No, no tendría que haber apretado el botón de visión remota.

Escuchó el sonido del teletransporte, su padre estaba a punto de llegar justo en el momento que el niño veía una puerta enorme delante de la cual posaban una serie de señoras y señores con unos códigos superpuestos. Quiso volver a dejar todo como estaba y le dio de nuevo al botón…No, no fue el mismo botón.

El país perdió a todo su gabinete de gobierno por culpa de Pedro, el hijo curioso del jefe de los servicios secretos.

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