La bruja

Parece que fue ayer. Ocurrió durante la época que fui celador en aquel manicomio, bueno, institución psiquiátrica. Siempre he estado del lado de la razón, tratando de desmontar todas esas supercherías con las que unos cuantos avispados suelen engañar a la gente desesperada. Mis estudios avanzaron por la rama de las ciencias, aunque acabé de celador para poder pagar facturas. Me estoy justificando porque lo que voy a contar a continuación, yo no me lo habría creído si le hubiese pasado a otro.

Era octubre de 2013. Entré a trabajar a principios de ese mes y pasé unos tres días recibiendo un cursillo acelerado sobre el funcionamiento del hospital; horarios de comidas y medicaciones, normas diurnas y nocturnas, lista de pacientes peligrosos y pequeños “trucos para no acabar como ellos” como decía Martín, el celador que se jubilaba y resultó ser una especie de oráculo consultor para los nuevos y los viejos. Su forma de trabajar era impecable, su paso lento y su postura ligeramente encorvada mientras te contaba anécdotas de todos sus años de oficio, se convertía en fuerza y determinación cuando tenía que actuar.

Pronto me acostumbre a aquello. Fui conociendo a los internos y sus peculiaridades. A Jonás no había que mirarle a los ojos y a Don Mauro había que entrar felicitándole por el triunfo del Celta en la liga; a Rosa había que hablarle despacito y bajito y a Lucía, nunca llamarle señora. Me di cuenta entonces de un detalle que nadie me había comentado. Mercedes, una señora de sesenta años, tenía un trato distinto. El resto de las personas internas la evitaban, pero en ocasiones se le acercaban y parecían intercambiar algo con ella. Las veces que me dirigí a ella por algún motivo, se limitaba a mirarme fijamente sin pestañear provocándome cierta inquietud, pero cuando empecé a obsesionarme con aquello de verdad fue cuando intenté tener acceso al informe de la paciente en cuestión. Constaba como reservado. Decidí no darle más importancia, pero al final la curiosidad me hizo preguntarle a Martín. Cuando saqué el tema él, siempre sonriente y dispuesto a una buena conversación, cambió su gesto y me pidió que dejase el asunto en paz, “esa es muy problemática, aléjate de ella” y él hizo lo propio conmigo, dejándome sólo en aquel pasillo lleno de dudas. Un día, cerca del final de octubre, estaba devolviendo una silla de ruedas de un ingreso a recepción. Cuando llegué me encontré a María, una enfermera, hablando con Mercedes. Cuando se dieron cuenta de mi presencia enseguida dejaron de hablar y María se marchó cruzándose conmigo evitando mi mirada y sin mediar palabra. Plegué la silla y cuando iba a meterla en el cuartucho, Mercedes se me acercó y me susurró:

- ¿Sabes quién soy?

- Creo que sí. Es usted la señora Mercedes ¿verdad?

Trataba de mantenerme sereno, pero algo en aquella mujer me resultaba perturbador. Seguía mirándome sin pestañear, aunque esta vez sonreía. No era una visión agradable, su cara en su conjunto recordaba a la de un depredador. Me sentí muy pequeño, pero luché por reponerme. Ella me siguió hablando.

-Ese es mi nombre, no quien soy. Yo soy un enlace entre lo oculto y lo visible, entre las tinieblas y la 
luz y te agradecería que dejases de husmear por ahí, perrito.

¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía saber que había estado investigando sobre ella? Fue entonces cuando, de repente, las cosas que tienen olor empezaron a oler mucho más y las que aparentemente no huelen desprendían un perfume nuevo, intenso. Por un momento me sumergí en aquella sensación, pero 
pronto mi cerebro trató de defenderse. Inconscientemente la agarré por los hombros.

- ¿Sabes? Yo soy más de gatos, aunque los perros como tú no me suponen un problema.

Justo en ese momento empecé a notar unas ganas imperiosas de que alguien me acariciara la cabeza y tal vez pudieran, de paso, darme una galletita…

Cuando quise darme cuenta estaba gruñéndole a la señora Mercedes y trataba de morderla, pero un grupo de gente me lo impidió. Entre ellos estaba Martín, lo reconocí inmediatamente por su olor. Las últimas palabras que escuché antes de caer bajo los efectos de un sedante fueron “Te lo advertí”.

Como puede comprobar doctor soy consciente de que parece una locura, pero la bruja esa me ha convertido en un perro. Se lo prometo, puede fiarse de mí. Yo no soy el problema.  Yo no estoy loco.

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