La apuesta

-Entonces Ana contamos con usted. Mañana deberá presentarse en nuestra oficina central ¿sabe dónde está?

-Sí, sí, claro; he estado allí antes.

El director de casting del programa “Echa un vistazo” se despidió y colgó, pero Ana continuó un rato con el teléfono en la mano. No estaba pensando en nada concreto, más bien se había quedado en blanco, pasmada, mirando la pared. El primer pensamiento que tomó forma suficiente como para ser considerado por su cerebro como relevante, trataba sobre una noche, hace dos semanas en el cumpleaños de Fani, la loca de las chicas. Apostaron que la que perdiera tendría que presentarse a un casting del programa que eligiese la ganadora. Muchas ganaron, ninguna se llamaba Ana. Perdió y lo hizo precisamente contra “la Fani”, la cual, la obligo a presentarse al casting de un concurso de encontrar pareja, que consistía en ver partes de la vida de los pretendientes de forma fugaz. Cosas que representaban sus gustos, aficiones, paisajes preferidos, últimas vacaciones y demás, hasta que finalmente se mostraba una imagen efímera de la persona que, se suponía, acompañaría a la chica a un crucero del copón, en el que el amor se afianzaría o se iría al traste. Ella iba a ser la soltera y tendría que ir eliminando, a medida que pasaban las pruebas, a los cinco pretendientes.

El flujo de su mente siguió el curso esperado y el siguiente pensamiento reconstruía el momento en el que Óscar, sentado a su lado y sonriente, le propuso que tal vez era buena idea irse a vivir juntos. Iba a ser muy difícil de explicar.

Cuando se lo contó a las amigas fue un verdadero cachondeo. Después de meterse con ella de incontables formas, urdieron un plan para distraer a Óscar el día de la emisión. En el de grabación, simplemente, Ana estaría trabajando.

Se presentó muy nerviosa y, al entrar, le recibió una mujer rubia que la acompañó a maquillaje. Allí le explicaron los pequeños intríngulis del programa y, en un minuto, ya estaba en plató descartando al primero. No le gustaron para nada los hobbies del número tres que estaban relacionados con coleccionar conchas. Se había metido en el juego, pero ya tenía decidido renunciar al premio, aunque aún no sabía cómo. Eliminar al segundo, al número cinco, le costó un poco más, pero la verdad es que el número uno le estaba resultando interesante. Decidió que ese sería el ganador.
En la última ronda se le mostró la cara de los dos últimos pretendientes por una pequeña fracción de segundo. Se puso blanca. La presentadora le dijo:

- ¿Te has quedado en shock? Tenemos a dos chicos muy atractivos, ¿verdad?

Afortunadamente no tardó en reaccionar.

- Lo tengo claro. Elijo al número uno.

- Y déjame preguntarte, ¿Qué ha sido lo que te ha hecho tomar la decisión tan pronto?

- Bueno, pues es que, el chico número uno, es mi novio.


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