El retrato

El señor notario leyó la parte del testamento que interesaba a mi abogado porque yo estaba demasiado ocupado en tratar de recordar el nombre de mi tío y rebuscaba en el cajón de mi memoria si lo había visto en alguna parte. No, no conseguí resultados. Más tarde, cuando mi abogado me hizo un resumen busqué en internet algo sobre él, que al parecer era muy conocido en Rumanía, pero, curiosamente, no me había dejado nada allí. Mi herencia consistía en una casa en la cima de un pueblo de Galicia, un cobertizo, un perro y, lo que más me interesaba, una colección pictórica de gran valor.

Siempre he tenido suficiente dinero para vivir cómodamente y no preocuparme demasiado por las facturas, mi familia regentaba un restaurante que siempre había ido bien y yo, partiendo de allí, me monté mi propia empresa de catering y, de estas casualidades de la vida, en una semana debía organizar el banquete de una boda en el pueblo de al lado y podría visitarla. Firmé los papeles y acepté la herencia que, a pesar de no tener cargas, sí que tenía condiciones. Cuidar a Faraday, que así llamaron al perro, y acudir a misa durante el resto de mi vida para rezar por su alma y, de paso, por la mía. Parecía fácil.

La semana siguiente estaba recibiendo las felicitaciones de la familia del novio, oriundo del pueblo limítrofe con mi flamante herencia, al respecto de la ejecución del trabajo. Aproveché la conversación para preguntarle si conocía a mi tío, le expliqué la situación de la casa; aquel buen hombre palideció y dio un paso atrás. Bueno, de repente el tipo tenía mucha prisa, pero logró hablarme de la maldición de aquel lugar. Resulta que la casa se erguía sobre un terreno en el cual quemaron a un par de brujas hace siglos y aquel que viviese en esa casa padecería mil penurias para finalmente morir.

Cuando por fin mi equipo terminó el trabajo decidí acercarme hasta la casa a echar una ojeada a los cuadros. Abrí la puerta con las llaves que me había facilitado mi abogado. La puerta era normal, de hecho, estaba bastante deteriorada. Me pareció increíble que una colección de esa importancia estuviese tan mal protegida y, lo que era más extraño aún, que todavía estuviese allí. Una vez dentro encendí la luz y vi los cuadros colocados todos alrededor de una mesa redonda, excepto un retrato, que estaba encima de la misma. Era la imagen de mi tío. Al menos era su nombre el que aparecía en una placa en la parte inferior del cuadro. Entonces dije en alto:

-Encantado de conocerte.

No me había acordado del perro que en ese momento ladró detrás de mí y me hizo saltar tanto que casi me caigo contra la mesa. Tenía un plato de comida recién puesto, parecía pechuga de pavo cocida. Todavía humeaba. Mi abogado se había encargado del animal hasta el día anterior, supuse que algún vecino tendría llaves y lo estaría alimentando, pero si tenía llaves…

-Encantado de conocerte.

Y las luces se apagaron al mismo tiempo que yo recibía un golpe que me hizo perder la conciencia. La fui recuperando a ratos y pude ver como alguien acariciaba al perro y también como los cuadros cobraban vida y se situaban a mi alrededor pronunciando unas palabras que no entendí. Desperté y frente a mi estaba el hombre que había reconocido en el retrato como a mi tío. Me recordó a Drácula por un motivo muy evidente y es que lo era. No se llamaba así, claro está, ese es nombre de un personaje, pero eso es lo de menos.


Han pasado doscientos años y no he faltado ni un solo fin de semana a misa a pesar de lo que me duele pisar suelo sagrado y he cuidado a muchos Faraday a lo largo de este tiempo. Cumplo las absurdas condiciones de mi tío porque no quiero quedarme aquí para siempre. He tenido paciencia hasta que te encontré y deberías dejar de llorar y darme las gracias porque yo, al menos, te voy a explicar lo que tienes que hacer para encontrar al siguiente guardián de las almas que te substituya.

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