El incendio

Aguantar ahí arriba resulta complicado y más cuando tienes que servir unos intereses mientras finges servir otros. Ser un trilero que todo el mundo sabe que lo es y, aun así, seguir preguntando a la audiencia ¿dónde está la pelotita? y que ésta te siga diciendo ¡Aquí! Pues no, nunca hay una maldita pelotita, solamente un vacío directamente proporcional al que queda en tu cartera. Y no se les puede culpar, la gente está llena de problemas reales, creados e inoculados y le apetece creer que esta vez va a ser verdad; por eso cuando el primer ministro dio una rueda de prensa en la que declaró haber hablado con los animales fue cesado por el presidente de la república, pero el insistió en que existía una conspiración para ocultar la verdad, los animales sabían hablar, pero nosotros no les escuchábamos. No era una metáfora, lo decía en serio en todas las pantallas de televisión del país con la cara desencajada y gritando “¡HABLAN!” mientras se lo llevaban sus propios servicios de seguridad.

Estaba claro que había sucumbido a las presiones o, tal vez, ya venía tarado de casa, pero el asunto es que yo, que me pitorreé todo lo que me permitía la libertad de expresión de barra de bar, empecé a mirar a los animales de una manera diferente. Me imaginaba de qué tipo serían las voces y si hablarían el idioma oficial, si sabrían leer... Pensé entonces en escribir una historia sobre el tema. Empecé a recopilar información de unos cuantos animales de los bosques cercanos y a pasar horas paseando aprendiendo además sobre la flora. Una de esas tardes, cuando estaba a punto de recoger mis cosas para regresar a casa, avisté un mapache. Me sorprendió muchísimo ver uno ya que no son autóctonos. Me quedé muy quieto para poder observarlo el mayor tiempo posible. Eran animales muy astutos y a veces agresivos, pero lo que nadie había contado es que pudiesen hablar y menos encenderse un cigarro mientras se sentaban en una piedra y empezaban a emitir improperios al aire y quejas varias. En ese momento rompí una ramita con el pie, un clásico, y el mapache se giró y se puso en posición de amenaza mientras el cigarrillo volaba hacía en interior del bosque. Cuando el animal comprobó que yo no era una amenaza, al menos mientras durase el shock, me hizo señas para que me acercase. Me costó un poco reaccionar, pero al final me acerqué, entonces me dijo:

- Oye Pedro, ¿Tu no habrás visto por aquí una ardilla con cara de pocos amigos y adicta al alcohol?

No creía haber visto nada parecido así que negué con la cabeza. No dejaba de mirar al animal de arriba abajo, pero era incapaz de reaccionar.

- Y en tu casa ¿no se te habrá colado?

Segunda negación.

- Bueno, te creo. El caso es que la estúpida confundió un tratamiento del agua del pozo que abastece al pueblo, con un alijo de polvo alucinógeno que incautamos ayer y… la ha liado parda

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