El fanfarrón

Aileen trataba de disfrutar de la velada. La comida era deliciosa y adoraba poder cenar al aire libre. Era un verano de noches tropicales, tenía sed y eso la había llevado a beber más de la cuenta, pero ella era una profesional y, al fin y al cabo, el trabajo ya estaba hecho. Su acompañante era un hombre culto y agradable, hasta el momento no había dado muestras de tener un lado oscuro demasiado perverso, así que se limitaría a esperar lo suficiente y después se largaría. Tenía planificado un retiro de dos años hasta que amainasen las aguas y luego buscaría encargos en el continente americano. Allí había una buena competencia y le apetecían nuevos retos. Todo iba muy bien salvo por un minúsculo detalle. Un hombre de unos cincuenta años, de prominente barriga y nariz de cerdo, se estaba pasando de gracioso. Lo tenía en la mesa de enfrente y cruzaba su mirada constantemente con ella. Contaba historias desde hacía una media hora. Narraba supuestas hazañas propias, aderezadas con chistes y frases hechas en las que las mujeres eran o putas, o tontas, o ambas cosas. Aileen tomó una decisión. Miró fijamente a aquel tipejo y parpadeó, solamente ese pequeño gesto y aquel ya había picado el anzuelo.

En la puerta del baño se quitó los zapatos y lo miró pícara. El hombre entró en el baño y ya nunca volvió a salir.

Aileen está ahora de camino al aeropuerto. El embajador francés empezaba a dar muestras de envenenamiento justo cuando ella abandonaba la sala. Comprobó en su teléfono el ingreso del resto del dinero. Sonrió y sacó de su bolso la identificación del VIP que dejó fiambre en el baño…

- ¡Ah, así que éste eras tú! ¡Cómo está el clero dios mío!

Comentarios

Entradas populares