El cambio

Vale. Me había acostumbrado a todo lo que conllevaba ser rarito, rarito de verdad. Cuando descubrí mi esencia, mi verdadero ser, cuando por fin abandoné mi viejo yo, mi vida cambió absolutamente. No es habitual que una persona sin aspiraciones, sin ningún sueño especial que seguir, honestamente simple, que se conforma con levantarse por la mañana y con acostarse por la noche sin cometer demasiados errores, descubra, de buenas a primeras, poderes sobrenaturales. Y llevaba años transformándome en un bicho a medio camino entre un hombre y un lobo.  Eso ya le pasaba a un familiar mío de Ourense, resulta que tiene que ver con un ADN especialito, ¿Que cómo lo sé? Pues me lo contó mi abuelo, cuando una vez me vino a visitar sin avisar y usó las llaves que tenían para cuando me iba de vacaciones. No me gustaba, pero logré acostumbrarme como se acostumbra uno a trabajar en un sitio extremadamente aburrido, o como se acostumbra uno a que le ignoren los demás por ser demasiado normal. Ya no lo era y lo echo de menos la verdad; pero como dije me acostumbré. Me acostumbré a mi hiperdesarrollado olfato, a mi agilidad desmedida para moverme por los bosques, al crecimiento del pelo totalmente innecesario, pero con un efecto muy dramático… La verdad es que me daba algo que hacer ya que yo no tenía hobbies ni se les esperaba y, vaya, ahora podía asustar a campistas, perpetuar leyendas, conocer a otros como yo…

Pues pasó que, en efecto, había conocido a alguien como yo, bueno casi, a ella le quedaban mejor los colmillos hipertrofiados. El caso es que hicimos buenas migas y acabamos juntándonos para todo, asustar campistas mantener vivas las leyendas y todo eso. Un día me dijo que sentía algo muy animal por mi, muy visceral y yo le correspondí. Dos años después nació Fernando. He de confesar que mi vida entonces cambió para siempre. No me acabo de acostumbrar. Mi hiperdesarrollado olfato está saturado de olores que desprende esta pequeña criatura, mi agilidad desmedida la uso casi en exclusiva para los paseos y las visitas al pediatra y procuro no transformarme demasiado para que no me tire de los pelos, acción que parece hacerle disfrutar sobremanera. Ya no asustamos campistas, los sustos nos los da el bebé, las únicas leyendas que perpetuamos son las de ciertos cuentos y procuramos cambiar las historias en las que el lobo es el malo. Lo hemos substituido por un cangrejo para no ofender al resto de amigos cambia formas y ya no conocemos a otros como nosotros. Ahora ya no salimos de noche. 

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