El bosque

En aquella noche sin luna caminar por el bosque era una de las cosas más peligrosas que se podían hacer por allí. Si, además, acababas de provocar la ira del vampiro que en el reinaba, lo tenías un poco más jodido.

- ¿Cómo ha podido pasar? Hemos realizado todo el ritual correctamente.
- Corre no hables.
- ¿Correr a dónde? No tenemos escapatoria
- Sí
- ¿En serio lo crees?, en cuanto la sanguijuela se libre de las redes vendrá a por nosotros.
-Ya, ya lo sé.

En efecto, el antiguo vampiro se liberó y se dispuso a perseguir a aquellos tipos que, a estas alturas, habían dado ya tres vueltas en círculo en la misma zona. Sería sencillo.
El aire se volvió más pesado alrededor de los dos humanos al mismo tiempo que el bosque callaba en su rumor. Los árboles se volvieron más siniestros y entonces, en el momento apropiado, el vampiro entró en escena.

- Hola, no querría importunaros, pero que alguien no termine lo que empieza es algo que me molesta sobremanera, sobre todo cuando me despiertan de una siesta para hacerlo. ¿Se puede saber qué pretendíais?

El primero en responder fue el que todavía recordaba cómo se hacía para respirar. Tenía cara de tener un plan, uno muy tonto y absurdo sin alternativa racional, pero un plan, al fin y al cabo. El vampiro sonrió.

-Verá, Señor del Bosque, creo que podremos solucionar todo esto en un momento. ¿Me dejaría hablar con mi amigo? Me pone nervioso que esté gimiendo de esa manera, no me ayuda a concentrarme.

El vampiro asintió divertido. No iba mucha gente por allí la verdad. Los había de dos tipos, los que querían matarlo y los que querían ser como él. No le quedaba muy claro de qué tipo eran aquellos.

-Mira Antonio, deja de gemir y atiende. Es importante, al menos para mí.
-Di… dime
-Te acuerdas de que el ritual para matar al vampiro era casi idéntico al de pedirle la inmortalidad.
-Claro.
-Para matarlo uno de los oficiantes al menos tenía que haber salvado una vida desinteresadamente, poniendo incluso la suya en riesgo
-Claro que me acuerdo. Es lo que hice yo por ti cuando aquel carro casi te atropella.
-Te lo agradezco de verdad… el caso es que, cuando pronuncié las palabras en latín, cambié el “y morirás, criatura inmunda” por el “y harás de mí, un señor de la noche”
- ¡Oh Dios mío!
-Sí, sí. Ya veo que lo vas entendiendo. Ahora toca entregar a un inocente y listo.
-Yo no veo a nadie más por aquí.

El vampiro se echó a reír.

-No, no lo vas entendiendo
- ¿Soy yo? ¡Maldito malnacido! ¡Traidor!
-Ahora ya lo has captado. Te diría que lo siento, pero no es verdad. No pienso morirme como el resto, por la peste.
-¡Ja! Pero has olvidado que el sacrificio debía darse en la misma entrada de la cueva en donde habita la bestia.

En ese momento Antonio dio un paso más atrás y su espalda topo con algo duro, rugoso y frío. El vampiro se movió a toda velocidad e hincó los dientes en el cuello del ingenuo Antonio. La vida se le escapaba y, frente a él, su otrora amigo esperaba impaciente.

. ¡Ah, delicioso! Sí señor. Y dime joven, ¿cuál es tu nombre?
-Me llamo Manuel.
-Manuel. Bien. Lo siento, tenemos que hablar.
-Sí, lo que usted diga señor.
-Lamento comunicarte que todas esas leyendas sobre rituales para conseguir matarme o lograr ser uno como yo son mentira y lo sé de buena tinta porque me las he inventado yo. Por eso exige que sean dos los que vengan, tengo buen apetito; por eso los dos rituales son idénticos, siempre alguien traiciona a alguien y me es más fácil; por eso, mi querido Manuel, se exige que el paso final se ejecute en la entrada de mi cueva, no me gusta tener que moverme demasiado.

-Vaya…

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