El balcón

A lo largo de la historia ha habido situaciones en las que de repente, una planta, tomaba cierto aspecto de actor secundario. Véase la cicuta de Sócrates o el laurel de los Césares. No ha sido tan trascendental esta vez, nada de poesía rodea la siguiente situación, pero hay un muerto allí abajo y aquí arriba solamente estamos el gato y yo. Ambos hemos sido participes, pero sé que el dueño de la casa se va a ver en un aprieto. A ver, no sería para nada bueno por lo que este señor intentaba entrar por la terraza. No parecía bombero y desde luego no tenía pinta de venir a limpiar los cristales. El caso es que el ahora fiambre era un poco torpe. Nada más entrar me despertó y yo tengo un despertar muy brusco
¿Quién ostias anda ahí?
Luego vino pisar al gato mientras se volvía hacia mí, después volver a girar para mirar hacía el gato que había pegado un salto para alejarse del tipo y entonces trastabillar y mantenerse un instante en equilibrio sobre la barandilla. Intentó evitar su caída agarrándose a lo más cercano. Lo más cercano era yo. 
Decir que tuve un papel determinante en el final de esta persona es obvio, pero yo no lo maté, un cactus no mata a nadie. ¡Ah! Por cierto, los cactus tampoco hablamos así que, si estáis pensando en entrar en alguna terraza ajena, recordad la historia de este hombre y hacedme el favor de dejar de comerme.

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