Ayer

La noche anterior había sido brutal y su cuerpo lo atestiguaba. Le dolía la cabeza, tenía la boca pastosa y la espalda agarrotada. Cuando se giró en la cama para coger el vaso de agua descubrió un dolor punzante en los hombros.

- ¡Madre mía!¡ no sé si me recuperaré de ésta!

Su voz sonó débil y gastada. Con bastante dificultad se sentó en el borde de la cama y como siempre, se puso a buscar la ropa preparada desde el día anterior. Tenía los ojos pegajosos y veía francamente mal; por eso tardó un rato en darse cuenta de que las bragas que encontró, distaban mucho de las que ella solía vestir. Con la ayuda de un rayo de luz que se colaba en la habitación desde la ventana, pudo verlas mejor. En efecto, eran unas bragas-faja color caqui. La confusión era total. No lograba recordar todo lo que había hecho en la noche anterior y miraba las bragas como si estuviese viendo unas por primera vez. Reaccionó y lentamente buscó el interruptor superando el dolor que ahora se había instalado en sus brazos. Los sentía muy pesados.

La luz iluminó el cuarto y llenó de brillos cada rincón. Los ojos se resistieron y, durante unos segundos, no fue capaz de ver nada. Cuando la vista se adaptó comprobó estupefacta que el resto de ropa, que estaba en un montón perfectamente doblado, no se correspondía, para nada, a ninguna que 
ella se hubiese comprado alguna vez.

- ¿Por qué tengo ropa de señora mayor?

Pero enseguida esa pregunta a la nada perdió su importancia y otra ocupó su lugar

- ¿Dónde estoy?

Aquélla no era su habitación, se parecía más bien a una habitación de hospital.
Por primera vez se vio las manos que estaban huesudas y llenas de manchas de sol, la angustia surgió desde su estómago y explotó en su pecho. Su respiración se volvió más agitada. Miró su cuerpo, tenía puesto un camisón blanco que dejaban sus piernas al descubierto.

- ¡Mis piernas! ¡Dios mío!

Estaba esperando despertar en algún momento. Había un espejo al lado del armario. Tardó más de lo que esperaba en reunir sus fuerzas y decidió ver su reflejo. Llegar fue difícil y lo que vio le dejó en shock. El espejo mostraba a una anciana, ajada por los años. Todos los dolores se intensificaron.
La puerta se abrió y una enfermera cruzó su umbral.

- ¡Ay!¡ señora Margarita! ¿qué hace sin su andador? Se va a caer y era lo que le faltaba después de la noche que ha pasado.

-Ayer yo era joven… y salí por la noche… mis amigas… ¿eres tu Lola?

La enfermera cogió suavemente su brazo y con mucha ternura le dijo.

-Espere que le ayude con la ropa y después vamos a desayunar. Hoy tenemos su desayuno favorito, nos lo comemos, tomamos las medicinas y hacemos los ejercicios de memoria. Hoy por la tarde le verá el doctor y posiblemente le visite su hijo


-Lola… ya está bien con la broma… yo no tengo hijos… no… tengo…

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