sábado, 14 de octubre de 2017

Soledad

Hubo un momento en el que no pude más. Las fiestas me aburrían, el dinero me pesaba demasiado, la fama era insoportable. Dejé a mi único amigo la gestión de mis negocios y decidí aislarme, literalmente. Me compré una isla en Japón. Isla Urume, se llama. No tardé en instalarme. Me hice construir una casa al estilo del país y arreglé el asunto de los víveres, un barco vendría una vez cada quince días y me abastecería de todo lo necesario. Al principio había pensado que me quedaría allí unas semanas, pero casi sin darme cuenta ya llevaba seis meses cuando empezaron a ocurrir cosas extrañas.

Antes de ir a vivir allí me había asegurado que nadie más habitaba el lugar. No quería tener problemas de ningún tipo y sobretodo problemas de inquilinos no deseados. Las autoridades me aseguraron que allí no estaría más que yo. Me fio mucho de los japoneses, son meticulosos siempre. Pero desde el lunes pasado he notado cosas que no puedo explicar si no hay alguien más conmigo aquí. No estoy muy preocupado, no parece hostil.

 El lunes por la mañana, cuando me levanté y fui a darme mi primer baño del día antes del desayuno, me encontré un ramillete de plantas, que yo no conozco, en la mesa del exterior. El martes a la noche decidí dar un paseo, me llevé una linterna por si acaso y en el primer tramo de playa vi unas huellas de pies que la marea empezaba a borrar. El miércoles, esta vez al mediodía, cerca del pequeño lago, alguien había usado la barca y la había empotrado contra el muelle… Se me ha ocurrido una idea para salir de dudas, si sale bien, conoceré a mi visitante. He fabricado e instalado trampas no letales para “cazar” al extraño. Estoy algo nervioso por conocer de una vez a este vecino y a la vez me siento otra vez activo, con ganas. No sé si lograré dormir bien esta noche.


Vale, me he despertado absolutamente agarrotado y no han sido los nervios. He pasado la noche colgado de una rama del árbol más alto de la isla y he descubierto dos cosas muy importantes que aplicaré si sobrevivo los dos días que tardará en llegar el barco: tengo que recuperar mi vida y tal vez visitar a un psicólogo para ver si me puede ayudar con mi recién descubierto sonambulismo.

El bosque

En aquella noche sin luna caminar por el bosque era una de las cosas más peligrosas que se podían hacer por allí. Si, además, acababas de provocar la ira del vampiro que en el reinaba, lo tenías un poco más jodido.

- ¿Cómo ha podido pasar? Hemos realizado todo el ritual correctamente.
- Corre no hables.
- ¿Correr a dónde? No tenemos escapatoria
- Sí
- ¿En serio lo crees?, en cuanto la sanguijuela se libre de las redes vendrá a por nosotros.
-Ya, ya lo sé.

En efecto, el antiguo vampiro se liberó y se dispuso a perseguir a aquellos tipos que, a estas alturas, habían dado ya tres vueltas en círculo en la misma zona. Sería sencillo.
El aire se volvió más pesado alrededor de los dos humanos al mismo tiempo que el bosque callaba en su rumor. Los árboles se volvieron más siniestros y entonces, en el momento apropiado, el vampiro entró en escena.

- Hola, no querría importunaros, pero que alguien no termine lo que empieza es algo que me molesta sobremanera, sobre todo cuando me despiertan de una siesta para hacerlo. ¿Se puede saber qué pretendíais?

El primero en responder fue el que todavía recordaba cómo se hacía para respirar. Tenía cara de tener un plan, uno muy tonto y absurdo sin alternativa racional, pero un plan, al fin y al cabo. El vampiro sonrió.

-Verá, Señor del Bosque, creo que podremos solucionar todo esto en un momento. ¿Me dejaría hablar con mi amigo? Me pone nervioso que esté gimiendo de esa manera, no me ayuda a concentrarme.

El vampiro asintió divertido. No iba mucha gente por allí la verdad. Los había de dos tipos, los que querían matarlo y los que querían ser como él. No le quedaba muy claro de qué tipo eran aquellos.

-Mira Antonio, deja de gemir y atiende. Es importante, al menos para mí.
-Di… dime
-Te acuerdas de que el ritual para matar al vampiro era casi idéntico al de pedirle la inmortalidad.
-Claro.
-Para matarlo uno de los oficiantes al menos tenía que haber salvado una vida desinteresadamente, poniendo incluso la suya en riesgo
-Claro que me acuerdo. Es lo que hice yo por ti cuando aquel carro casi te atropella.
-Te lo agradezco de verdad… el caso es que, cuando pronuncié las palabras en latín, cambié el “y morirás, criatura inmunda” por el “y harás de mí, un señor de la noche”
- ¡Oh Dios mío!
-Sí, sí. Ya veo que lo vas entendiendo. Ahora toca entregar a un inocente y listo.
-Yo no veo a nadie más por aquí.

El vampiro se echó a reír.

-No, no lo vas entendiendo
- ¿Soy yo? ¡Maldito malnacido! ¡Traidor!
-Ahora ya lo has captado. Te diría que lo siento, pero no es verdad. No pienso morirme como el resto, por la peste.
-¡Ja! Pero has olvidado que el sacrificio debía darse en la misma entrada de la cueva en donde habita la bestia.

En ese momento Antonio dio un paso más atrás y su espalda topo con algo duro, rugoso y frío. El vampiro se movió a toda velocidad e hincó los dientes en el cuello del ingenuo Antonio. La vida se le escapaba y, frente a él, su otrora amigo esperaba impaciente.

. ¡Ah, delicioso! Sí señor. Y dime joven, ¿cuál es tu nombre?
-Me llamo Manuel.
-Manuel. Bien. Lo siento, tenemos que hablar.
-Sí, lo que usted diga señor.
-Lamento comunicarte que todas esas leyendas sobre rituales para conseguir matarme o lograr ser uno como yo son mentira y lo sé de buena tinta porque me las he inventado yo. Por eso exige que sean dos los que vengan, tengo buen apetito; por eso los dos rituales son idénticos, siempre alguien traiciona a alguien y me es más fácil; por eso, mi querido Manuel, se exige que el paso final se ejecute en la entrada de mi cueva, no me gusta tener que moverme demasiado.

-Vaya…

jueves, 12 de octubre de 2017

La luz

Esa noche había cenado demasiado y tenía sueños muy extraños. Eso hizo que cuando el móvil dio aviso de un mensaje, se despertase sobresaltado. Le echó un vistazo ya que era raro que alguien le mandase algo a esas horas. No tenía mucha vida social y su familia le habría llamado. Se trataba de un correo electrónico. Eran las tres de la mañana y en un primer momento no entendió nada de lo que ponía. En el asunto se podía leer:

“Classified: Scorpion Mission [HACKED]”

Se puso las gafas por si había leído mal. Comprobó el remitente. No lo podía creer. Enseguida leyó el cuerpo del mensaje buscando la firma habitual de ese tipo de e-mails y la encontró. Se trataba de un correo de WikiLeaks.

En cuanto se recuperó un poco de la sorpresa se puso a traducir el texto. No fue tarea sencilla, su inglés se había desgastado y el lenguaje utilizado era jerga militar lo que complicaba bastante el asunto. Al cabo de una hora había transcrito más de la mitad cuando paró de golpe. Hasta ese momento, la lectura le otorgaba informaciones sobre diferentes misiones de los norteamericanos en el mar de Corea y Japón, una conversación con la canciller alemana y ciertas discrepancias sobre el siguiente paso con Rusia, pero en mitad de ese batiburrillo que parecía extraído de diferentes fuentes, apareció el nombre de su ciudad y las siguientes palabras:

“False Flag OTC12TH2017”

Un poco después de que el gran resplandor iluminase el cielo de aquella noche y antes de que la ciudad se borrase del mapa como si nunca hubiese existido, pensó que quizás habría preferido no estar despierto.

Ayer

La noche anterior había sido brutal y su cuerpo lo atestiguaba. Le dolía la cabeza, tenía la boca pastosa y la espalda agarrotada. Cuando se giró en la cama para coger el vaso de agua descubrió un dolor punzante en los hombros.

- ¡Madre mía!¡ no sé si me recuperaré de ésta!

Su voz sonó débil y gastada. Con bastante dificultad se sentó en el borde de la cama y como siempre, se puso a buscar la ropa preparada desde el día anterior. Tenía los ojos pegajosos y veía francamente mal; por eso tardó un rato en darse cuenta de que las bragas que encontró, distaban mucho de las que ella solía vestir. Con la ayuda de un rayo de luz que se colaba en la habitación desde la ventana, pudo verlas mejor. En efecto, eran unas bragas-faja color caqui. La confusión era total. No lograba recordar todo lo que había hecho en la noche anterior y miraba las bragas como si estuviese viendo unas por primera vez. Reaccionó y lentamente buscó el interruptor superando el dolor que ahora se había instalado en sus brazos. Los sentía muy pesados.

La luz iluminó el cuarto y llenó de brillos cada rincón. Los ojos se resistieron y, durante unos segundos, no fue capaz de ver nada. Cuando la vista se adaptó comprobó estupefacta que el resto de ropa, que estaba en un montón perfectamente doblado, no se correspondía, para nada, a ninguna que 
ella se hubiese comprado alguna vez.

- ¿Por qué tengo ropa de señora mayor?

Pero enseguida esa pregunta a la nada perdió su importancia y otra ocupó su lugar

- ¿Dónde estoy?

Aquélla no era su habitación, se parecía más bien a una habitación de hospital.
Por primera vez se vio las manos que estaban huesudas y llenas de manchas de sol, la angustia surgió desde su estómago y explotó en su pecho. Su respiración se volvió más agitada. Miró su cuerpo, tenía puesto un camisón blanco que dejaban sus piernas al descubierto.

- ¡Mis piernas! ¡Dios mío!

Estaba esperando despertar en algún momento. Había un espejo al lado del armario. Tardó más de lo que esperaba en reunir sus fuerzas y decidió ver su reflejo. Llegar fue difícil y lo que vio le dejó en shock. El espejo mostraba a una anciana, ajada por los años. Todos los dolores se intensificaron.
La puerta se abrió y una enfermera cruzó su umbral.

- ¡Ay!¡ señora Margarita! ¿qué hace sin su andador? Se va a caer y era lo que le faltaba después de la noche que ha pasado.

-Ayer yo era joven… y salí por la noche… mis amigas… ¿eres tu Lola?

La enfermera cogió suavemente su brazo y con mucha ternura le dijo.

-Espere que le ayude con la ropa y después vamos a desayunar. Hoy tenemos su desayuno favorito, nos lo comemos, tomamos las medicinas y hacemos los ejercicios de memoria. Hoy por la tarde le verá el doctor y posiblemente le visite su hijo


-Lola… ya está bien con la broma… yo no tengo hijos… no… tengo…

martes, 10 de octubre de 2017

Viejos conocidos

Me había visto en otras más complicadas. Secuestros que salen mal, robos que acaban con muertos, blanqueo hecho por chivatos y, de todas, salí indemne. He estado atrapado en muchos y diferentes lugares: prisiones en la India, cuevas en Afganistán…

El caso es que me he hecho viejo y ya no tengo el cuerpo para grandes trabajos. He dejado las misiones suicidas y las he substituido por charlas de café y bailes de salón. En uno de esos bailes conocí a Rebeca y en una de esas charlas nos enamoramos. Me retiré del todo.

Ahora estoy retenido en una sala de un aeropuerto de tercera. Un perro me olió la maleta y un señor uniformado me ha acompañado y me ha solicitado muy amablemente que me sentase en el lugar que estoy ahora. Llevo al menos una hora. En este tiempo me han abierto la maleta y he comprobado que efectivamente me habían metido coca, como a un puto principiante. Me fijé en la cara de aquellos policías y pensé a cuantos tendrían en nómina. Me han buscado en todos los rincones de mi cuerpo, pero a eso ya estoy acostumbrado. Finalmente vino a hablar conmigo el jefe de todos aquellos pollos. Me parece que somos de la misma quinta, además, me resulta familiar su cara, pero no acabo de ubicarlo.

Estoy bastante jodido, no creo que pueda escaparme. La puerta está bloqueada y vigilada y aunque consiguiese salir, tendría que correr y hace mil cervezas y hamburguesas que no corro. Ha vuelto a venir el jefe, ¿de qué cojones me suena? Me ha preguntado si tengo un abogado y entonces me ha venido a la cabeza una imagen bien clara de Peter, mi abogado, aficionado a “experimentar” en el sexo, pidiéndome el teléfono de aquella Dominatrix tan exótica. Mi mente se puso a trabajar a marchas forzadas. Tengo comprobado que funciona mejor cuando las cosas parecen peores. Otra imagen me asaltó, estaba en el despacho de un tipo de Paris que quería joderme hasta que le enseñé unas fotos de él y unas niñas compañeras de su hija y decidió hacerse mi amigo…

- ¡Oh, vaya!

- ¿Qué le ocurre?

-Me acabo de acordar de algo

-Bueno, su abogado estará al caer y yo no tengo nada más que hacer aquí.

La cara del madero estaba más blanca que cuando entró. Me jugaría mi cabeza a que ahora mismo tiene las manos heladas. ¡Este también se acuerda de mí!


-Sí, creo que sí que le queda algo que hacer aquí. A ver si usted puede ayudarme. Tengo la memoria un poco afectada, ya sabe, no llevo una vida ejemplar. No tan ejemplar al menos como aquel poli que condecoraron por desactivar a un grupito de anarquistas y que vino a celebrarlo a una preciosa casa donde había todo lo necesario para que un tipo recto se lo pase bien. Incluidos animales.