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Carta

Estimado señor Peterson:
Mientras disfruto de unos minutos de calma antes de partir, aprovecho para dirigirme a usted. Es altamente probable que no me recuerde, pero yo todavía noto la brisa templada de aquel día de agosto, todavía siento el tacto de la silla en aquella terraza de Vigo, aún resuena su risa en mi cabeza. La gente dejó de hablar y le escuchó gritar “¡menuda sarta de estupideces!”. Después se marchó dejando a un joven estudiante de económicas con una cerveza ya caliente a medio terminar, un considerable rubor en la cara y un enorme puñal en el corazón.
Era entonces mi última esperanza y había movido cielo y tierra para poder ponerme en contacto con su persona. No, no esperaba que abrazase mi hipótesis como dogma de fe, como si se tratase de una epifanía cercana a la teoría del Todo, pero un autor de su reputación que, en apariencia, enfrentaba a toda la comunidad científica con cada uno de sus planteamientos, no debería haber tratado de esa manera a una persona que prop…

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